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enigmas de nuestras abejas suspendidas. Se comprueba solamente que
al cabo de dieciocho a veinticuatro horas de espera, en una temperatura
tan elevada que se creer�a que arde, una llama en el hueco de la colme-
na, aparecen unas escamitas blancas en la abertura de los cuatro pe-
que�os bolsillos de cada lado del abdomen de la abeja.
Cuando la mayor parte de, las que forman el cono tienen ya el
vientre galoneado con esas laminitas de marfil, se ve, de pronto que
una, de ellas, como asaltada por repentina inspiración, se destaca de, la
multitud, trepa r�pidamente a lo largo de la pasiva muchedumbre, hasta
la cima interna de la c�pula, y se une sólidamente a ella, apartando a
cabezazos a las compa�eras que embarazan sus movimientos. Tomo,
entonces con las patas y la boca una de las ocho placas que lleva en el
vientre, la roe, la acepilla, la ablanda, la amasa con su saliva, la pliega
y la endereza, la aplasta y la vuelve a formar, con la habilidad de un
carpintero que manejara una tabla maleable. Por fin, cuando la subs-
tancia amasada de ese modo le parece de las dimensiones y la consis-
tencia deseadas, la aplica a la cima, de la c�pula de la nueva ciudad,
porque se trata de una ciudad al rev�s, que baja del cielo y no se eleva
del seno de la tierra como las ciudades humanas.
Hecho esto, ajusta a esa clave de la bóveda suspendida en el va-
c�o, otros fragmentos de cera que va tomando de, abajo de sus anillos
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La vida de las abejas donde los libros son gratis
de cuerno ; da al conjunto un leng�etazo final, un postrer golpe de
antenas, y luego, tan bruscamente como llegó, se retira y pierde entre la
multitud.
Inmediatamente la reemplaza, otra, que reanuda el trabajo donde
la anterior lo dejó y agrega el suyo, endereza lo que no le parece con-
forme con el plano ideal de la tribu, y desaparece a su vez, mientras
una tercera, una cuarta, una quinta, le suceden, en una serie de apari-
ciones inspiradas y repentinas, sin que ninguna acabe la obra y llevan-
do todas su parto a la un�nime labor.
XIV
Un pedacito de cera informe todav�a pende entonces de lo alto de
la bóveda. Cuando parece lo bastante grande, se ve surgir del racimo
otra abeja cuyo aspecto difiere sensiblemente del de las fundadoras que
la han precedido. Podr�a creerse, al ver la certeza de su determinación
y la expectativa, de las que la rodean, que, es una especie de ingeniero
iluminado que, se�ala de, pronto en el vac�o el sitio que debe ocupar la
primera celda, de la, que tienen que depender matem�ticamente, todas
las dem�s. Sea como sea, la abeja pertenece a la clase de las obreras
escultoras o cinceladoras que, no producen cera y se contentan con
trabajar los materiales que se les suministran. Elige, pues, la posición
de la primera celda, ahueca un momento el pedazo de cera, llevando
hacia los bordes que se elevan en rededor de la cavidad la que saca del
fondo. Despu�s, y como lo hac�an las fundadoras, abandona de repente
su esbozo, una obrera impaciente la reemplaza, y sigue su obra, que
una tercera acabar�, mientras las otras comienzan alrededor, con el
mismo m�todo de trabajo no interrumpido y sucesivo, el resto de la
superficie y el lado opuesto de la pared de cera. Dir�ase que una ley
esencial de la colmena divide en--- ella el orgullo de la tarea, y que
toda obra debe ser all� com�n y anónima, para que sea fraternal...
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Mauricio M�terlinck donde los libros son gratis
Pronto se vislumbra el panal naciente. Todav�a es lenticular, por-
que los peque�os tubos prism�ticos que lo componen, desigualmente
prolongados, van acort�ndose en una degradación regular del centro a
la extremidades. En ese momento tiene m�s o menos el aspecto y el
espesor de una lengua humana formada en sus dos caras por celdas
hex�gonales juxtapuestas y unidas por la parte trasera.
Cuando est�n construidas las primeras celdas, las fundadoras fijan
en la bóveda un segundo y luego un tercero y un cuarto pedazo de cera.
Esos pedazos se escalonan a intervalos regulares y calculados de tal
manera que, cuando los panales hayan adquirido toda su fuerza, lo que
sólo sucede mucho m�s tarde, las abejas tendr�n siempre el espacio
necesario para circular entre los tabiques paralelos. [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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